El mundo pintado por Débora Arango es un mundo visto y descrito en primera persona, aunque no necesariamente es autobiográfico -y, con alguna excepción-, la artista nunca es la protagonista. Sin embargo, su mirada siempre se percibe y se impone, porque nos hace partícipes de ella, hasta el punto de exigir una especie de complicidad, en parte porque sus personajes ocupan el espacio pictórico de manera frontal y directa, y, por otro lado, porque una de sus muchas rupturas -en este caso con el arte académico-, es la ausencia total de perspectiva.
Esta trasgresión, elegida de manera consciente como todas las otras, no fue la única. Su obra rompió con todos los cánones de lo que se esperaba del arte en nuestro contexto: seguir el libreto académico occidental de orden, belleza y armonía, a pesar de que fuera tan lejano a nuestra realidad, y negara nuestras carencias, problemas, y tensiones políticas y sociales. Su ruptura también fue con lo que se esperaba de una mujer, otro canon, el del ama de casa, el de la esposa, el de la madre, roles que de manera consciente evitó asumir en su vida personal pero nunca descuidó desde su rol de artista, por eso sus maternidades no son idealizadas a la manera de la pintura religiosa de vírgenes, o reducidas a la mera sensibilidad o ternura, son crudas, duras, pero siempre empáticas con los dramas representados, con los cuerpos de las mujeres protagonistas de su obra.
Su vida siempre tuvo un único compromiso: el de ser fiel a sí misma y el de ser una pintora. Esta especie de renuncia, que privilegió la afirmación personal, requirió una ética y un rigor del carácter que fueron vitales para soportar la crítica, la censura y el rechazo que sufrió durante tantos años. A la honestidad con la que abordó sus temas pictóricos la acompañó un color disonante e intenso que en su caso significó la libertad de ir más allá del fetiche artístico académico para buscar una belleza que está más allá de los límites y las ruinas de la realidad hostil que le tocó vivir.