Dramaturgias de la existencia [sobre-vivir]

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El gesto físico de ponerse en escena, de “estar”
en el acontecimiento de la vida es un gesto
que culmina con la muerte.

Esta “puesta en escena”, es un reconocimiento a los cuerpos (todos) como entidades abstractas y complejas, como esas materialidades carnosas que nos pertenecen pero que  en ocasiones – por circunstancias violentas o discursos imperativos – nos son expropiadas. Somos un cuerpo que cobra sentido en relación con los otros cuerpos que nos observan, nos significan, nos excluyen, nos enaltecen, nos intimidan, nos asesinan, nos desean, nos cuidan (…) Existimos porque somos nombrados por lo que es exterior a nosotros mismos, ¿y qué sucede cuando nadie nos nombra, cuando ninguna categoría puede nombrarnos, cuando no hay espacio para un cuerpo?. Esta exposición opera como la teatralización de un “pensamiento sobre el acto de vivir” y la inagotable búsqueda de sentido que encarna ese acto. Nos muestra  los feroces (indomesticados) o introvertidos (girados hacía adentro) movimientos de quienes aún en el ardor de la agonía, son invencibles. A su vez nos revela la potencia destructora de los cuerpos dominantes que actúan como bestias políticas.

“El cuerpo es un fenómeno social; es decir que está expuesto a los demás, que es vulnerable por definición. Su persistencia depende de las condiciones e instituciones sociales, lo que, a su vez, significa que para poder ser  en el sentido de persistir ha de cobrar valor lo que está propiamente fuera”. (Butler, 2009)*.

Las obras detonan relatos que invocan momentos sustanciales que sacudieron la historia de nuestros país en los que cuerpos civiles fueron sometidos a las más brutales intimidaciones simbólicas y físicas. Asimismo escenifican la fuerza que han tenido los códigos de comportamiento que aún moldean performatividades sociales útiles para el proceso civilizatorio de los cuerpos; proyecto político para el que un modelo único de familia ha resultado determinante. De otra parte, esta dramaturgia exterioriza el acontecimiento de la intimidad, incluso nos devuelve a lo perverso de la infancia.

 ¿Qué representa el acontecimiento de la vida cuando la muerte asecha? 

¿Qué significa la ficción atroz en la que se transformó eso que acordamos como realidad?

¿Dónde se esconden la carcajada auténtica  y el orgasmo alucinante?

¿Dónde persiste la conversación vivaz y sin libreto en la que alcanzamos una forma de la libertad?

¿Dónde están los que reescriben la historia?

¿Quién sigue leyendo en voz alta a quien ama?

¿Qué sentido cobra la ética en un mundo deshumanizado?

¿A dónde se fue el silencio?

¿Dónde está la poesía del murmullo en el oído?

Por más oscuro que esté allá afuera, todas las formas del afecto cuidadoso sobrevivirán. Lo que entrega un cuerpo a otro en un acto de compasión o de pasión despoja toda la maldad del mundo. Cualquier poder humano que atente contra el derecho a la vida, puede ser aplastado. Que no nos derrumbe la confusión del sinsentido. Invoquemos todos los relatos de los tiempos y la fuerza bravía de los espíritus. 

*Butler, J. (2009). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós.

Érika Martínez Cuervo

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